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MANU CHAO El Frances Errante
PORTADA: El País de las Tentaciones
Viernes 10/Sábado 11 de abril de 1998.
Texto: Bruno Galindo
Fotografía: Youri Lanquette
MANU CHAO RECORRIÓ 1.700 KILÓMETROS POR EL NORESTE DE BRASIL EN BUSCA DE LOS REPENTISTAS. CHAO QUIERE INCORPORAR A ESTOS IMPROVISADORES MUSICALES A SU NUEVO ESPECTACULO, LA FERIA DE LAS MENTIRAS. EL EX LIDER DE MANO NEGRA PRESENTARA ALLI CLANDESTINO, SU PRIMER DISCO EN SOLITARIO. TENTACIONES VIAJO CON EL EXPLORADOR MAS INQUIETO DEL ROCK ACTUAL.

Después de cruzar 30 kilómetros de ríos, baches y agujeros en medio de la negrura de la sierra de Araripe, en el Nordeste de Brasil, los faros del coche chocan con un pequeño rancho. Primero se ve una docena de caballos rumiando junto a unas palmeras. Después, un patio techado y cubierto de arena, y en éste, una gran polvareda: una bola de hombres lanza y encaja mamporros como panes.

Al cabo, dos vaqueros salen sangrando y el resto vuelve, tambaleándose y soltando risotadas, a sus puestos: la barra, las mesas, la pista de baile. No ha dejado de correr la cachaça (el licor brasileño por excelencia) ni ha cesado el forró -ritmo popular a base de acordeón y triángulo- que escupen a todo volumen unos altavoces medio reventados. Hoy ha llegado la luz eléctrica a esta aldea sin nombre y el festejo promete durar hasta el alba.

En parajes no muy distintos a éste (y en circunstancias no tan diferentes) terminó, hace cinco años, la última revolución de la historia del rock. "Mano Negra murió en Colombia", cuenta Manu Chao (37 años) mientras un tipo violento y la cara marcada de cicatrices planta una botella sobre la mesa. "El grupo ya venía bastante tocado. De hecho nuestro último concierto fue el segundo de aquel viaje, en Aracataca. La alquimia ya se había perdido. La banda estaba cada vez más preocupada por el aspecto profesional: había que ensayar y ensayar un repertorio antes de subirse a un escenario. Yo estaba muy fuera del business, con la cabeza llena de locuras como aquella de recorrer Colombia en un tren y actuar en pueblos donde los raíles llevaban 50 años muertos. Necesitaba ver ese lado... rural, folklórico. Africano".

El tipo de antes, a quien bautizamos secretamente cómo Señor Matanza (uno de los últimos éxitos de Mano Negra), interrumpe para decirnos, entre balbuceos y empujones, que acaba de ser reelegido por tercera vez alcalde del lugar. Lo demuestra ordenando que éste baile con aquella, que aquél se beba media botella de un trago, que aquel otro vaya a buscar cigarros. Con terror resignado, las víctimas bailan, beben, traen. El cacique, satisfecho, se levanta y vacía una garrafa de aguardiente sobre la cabeza de un tipo que parece al borde de la lipotimia. "Una experencia como aquella te marca de tal forma que ya jamás puedes volver a la vía, al circuito, al funcionariado de un grupo de rock internacional", termina Manu.

Calor bochornoso. En un descuido de Matanza, el francés coge la botella que éste había impuesto y la esconde. Mientras tanto en la pista se ha sustituido el forró por las baladas románticas, y las figurotas embrutecidas, por cuerpos desenfocados: hombres que bailan, cantan o lloran, animales en los huesos, mariposas que dan vueltas alrededor de las bombillas.

ALQUIMISTA DEFRAUDADO

"Radio Bemba", explica Manu, "la banda que monté en Madrid hace tres años, después de Mano Negra, me sirvió para darme cuenta de que la alquimia se puede volver a encontrar con otra gente. Ese grupo fue una locura. Era gente muy nueva, pero aprendieron rápido y a los seis meses ya estábamos tocando. Hubo una única gira, preciosa. Y después cada uno tiró a lo suyo. Me sentí defraudado de haber metido tanta energía en aquello. El final fue duro, pero trajo el blues. Y de ahí sale este disco". Habla de su primer trabajo en solitario. Clandestino es una obra humilde, madura y triste que le sitúa lejos, muy lejos de la caña patchankera de su viejo grupo.

Un trabajo vital y hermoso que refleja su interés por el viaje permanente y el movimiento en las fronteras, y que plantea su visión de un occidente orgulloso, insólidario y decadente. También refleja con sutileza la amargura de ver el nombre de Mano Negra encerrado en una caja fuerte. "Me jode sacar un disco solo", confiesa. "Yo creo en la comunidad".

Súbitamente vuelve la bronca. En el mismo sitio de antes, otra pelea. Más virulenta que la primera. Confusión, puños volando aquí y allá, machetes que desenfundan, momento de escabullirse. Enciende el motor, arranca, pisa el acelerador. Vuelve a sonar la cinta de los Van Van que estaba puesta. El rancho del Señor Matanza se hace pequeño hasta desaparecer. En el horizonte, los truenos lejanos de una tormenta eléctrica: "¡Son los truenos de Changó!'. Y en el bolsillo, una, no, media botella de cachaça.

ESPERANDO UN ECLIPSE

El temporal inspira la decisión de pernoctar en un motel. El primero que aparece está pegado a una gasolinera, en un pueblo llamado Milagros. Salimos al día siguiente a la una de la tarde, hora precisa en la que se espera la consumación de un eclipse de sol.

Los ojos vuelven a acostumbrarse a la visión del viaje que, en carretera, siempre es la de un triángulo invertido. Según se lee en el cuentakilómetros, reseteado hace tres días, llevamos casi setecientos kilómetros en la BR116, la autopista que recorre todo el país. El paisaje es más bien seco: son las vastas tierras del Sertáo, salpicadas con minúsculos pueblos allá donde haya un oasis. Manu Chao come uno de sus característicos bocadillos de plátano, canta canciones que parece inventarse sobre la marcha y garabatea en un papel las inscripciones ultrakitsch que muestran los camiones en cada (terrorífico) adelantamiento.

Siempre has trabajado en grupo, desde Hot Pants y Los Carayos hasta Mano Negra. ¿Tienes la sensación de jugártela con Clandestino?

Contrariamente a otros discos que he hecho, no soy consciente de mi suerte: con Mano Negra me fue bien, gané algo de dinero y no tengo que matarme para vender. Ya he disfrutado lo mío haciendo este disco: he escrito las canciones, las he paseado por el mundo, las he grabado y ahora estoy en otro lado. Tal vez el próximo sea un disco brasileño, o uno tecno. No sé. Quiero viajar en música. Estoy fuera de una banda y eso me permite ser mucho más libre creativamente

UN DISCO PARA VIAJAR

"Sé que este disco no sonará en las discotecas", prosigue Manu, "pero espero que a alguna gente, cuando esté con su pareja a las cinco de la mañana o viajando en un coche como éste, le guste. Ahí se escucha bien, porque mis canciones salen de viajes como éste. Cada vez escribe canciones más populares. Y como tengo poca memoria, siempre las mezclo. No sé hacer siempre la misma versión. Casi podría estar grabando el mismo disco durante años sin parar. Clandestino es la polaroid de un momento en particular".

De un momento bien distinto al actual, asegura. Al desintegrarse Radio Bemba se abre un periodo de experimentación. "Dos o tres años dedicados a viajar, tocar percusión, bailar y contar historias". Además de un disco, esa temporada de retiro ha traído una locura fabulosa: la Feria de las Mentiras. Se trata de un híbrido de circo, fiesta de pueblo y carnaval con rap, tecno y rock and roll que arrancará en Galicia este mismo verano como una propuesta itinerante sostenida por un sinfin de atracciones. Precisamente vamos en busca de una de ellas.

El objetivo de este viaje es localizar y convencer a los repentistas de que se apunten al proyecto. Pero, ¿qué es un repentista? ¿Un músico, un malabarista, un cuentacuentos? ¿Donde vive? La respuesta, unos kilómetros más adelante. Después del eclipse ¿Has hablado de un disco de tecno?

Sí, he estado muy metido en eso. He grabado un disco que está por ahí, a medio terminar. He trabajado con gente de barrio y con gente famosa, como Prodigy. Y he visto funcionar mucho más libre y artísticamente los aparatos en casa de chavales que en el estudio de éstos. Esta gente mantiene cierta utopía sobre otras maneras de trabajar: están sacando un disco por semana, sin pasar por las putas compañías. Tengo que aprender de ellos, yo que saco un disco cada tres años.

Lo de Prodigy fue la típica idea de compañía de discos. Estuve dos días en Londres con el chaval que les hace las programaciones. El primer día no le funcionaban los samplers. El segundo apenas tuvimos tres horas para trabajar. Dos días, tres horas. Y la banda ni apareció. Punto compañía de discos.

La experiencia de Manu con el stablishment está plagada de contactos frustrados. "Los anglosajones siempre lo ven todo como un trabajo. Los que vienen a producir bandas francesas, latinoamericanas o españolas no se lo toman en serio". El plan maestro de encargar las remezclas de Casa
Babylon al astro del dub Adrian Sherwood sólo sirvió para tener un encuentro en la tercera fase con el freak de freaks, Lee Scratch Perry. "Estaba subido a una silla con un micro en la mano y llevaba chapas hasta en los zapatos. Me quedé en un rincón viéndole un rato y luego me fui. ¿Y Sherwood? "Vino a París y se fue sin haber hecho ni un tema". ENCUENTROS ESTIMULANTES

Hay excepciones, estimulantes encuentros con correligionarios como Jello Biafra, de los Dead Kennedys: "Le conocimos en 1992, en Río. Le invitamos a un concierto que hicimos en las favelas de Rosinha. Y cantamos juntos I fought the law". Canción de los Clash, grupo que dejó huella en la banda gala: "Nos hicimos muy amigos de Joe Strummer. Una vez coincidimos con él en un festival. Estábamos tan nerviosos que no nos dimos cuenta de que estaba en el escenario tocando la percusión con nosotros. También tuvimos buen rollo con Mick Jones. Una noche en Londres nos invitó a un club donde pinchaba y puso King Kong Five. Los Clash fueron de los pocos que no nos defraudaron".

¿Y quién lo hizo?

"¡Iggy Pop! Con él aprendimos la dura ley del showbusiness seudoanarquista. Nos boicoteaba el sonido, prohibido darnos de comer, a veces hasta prohibido tocar. Y al final, el numerito. Cuando alguien de la seguridad -a lo mejor su propio hijo, que trabajaba en la gira- empujaba a un tío que se estaba subiendo al escenario, lggy decía: "¡Eh tú, hijoputa, no toques a mi público" Y toda la sala: "Que tío más enrollado".

Han pasado tres horas y el eclipse no ha pasado de ser un levísimo ensombrecimiento en el ciclo, como si hubiera pasado una gran nube. Uno siempre cae y cree que estos fenómenos van a ser espectaculares cambios del día a la noche. "Todo es mentira", avisa Manu. Habrá que esperar un poco más para saber de los repentistas.

Noche en Crato. En casa de Auxiliadora, una señor a espléndida que, además de lavar la ropa de los camioneros del lugar, protagoniza una de las ficciones escritas por Manu sobre las que se edifica el entramado de la Feria de las Mentiras. De repente nos saca a la calle el alboroto de una persecución policial en plena calle del pueblo. Terminamos en casa de Paulo, un vecino que posee una cantidad récord de vírgenes colgadas en la pared, bebe cerveza en un cáliz y ve desde su ventana la imponente meseta de Exu (¡Diablo!). Ofrece a Manu una guitarra, una púa hecha con un trozo de botella de leche y hasta un micrófono inalámbrico que funciona gracias a una interferencia cuando se enchufa la radio.

Empieza una jam session con guitarra y timbal, Canciones del arrabal parisiense, en portuñol, se mezclan con ritmos nordestinos; estribillos de Clandestino fusionados con forró profundo. La capacidad de improvisación de Manu es uno de sus fuertes. Un arte aprendido hace una década y media. "Conocí a Daniel, Jo y Garbancito, de Mano Negra cuando tocaban en el metro. Además de una gran escuela de música, es todo un reto: tienes cuatro minutos para convencer a un tío que piensa "¡Hostias, otro pesado!" de que te dé dinero. En un vagón lleno de moros cantábamos una canción mora; en uno burgués, una anarquista. A veces simulábamos atracos. El metro es un pequeño teatro: se hace de todo. Es showbusiness en estado básico, como tendría que ser siempre. Como el circo o como los números que montan los niños de los semáforos en México para sacar dinero.

Se suele mencionar a Mano Negra como una influencia capital en el desarrollo del rock latino. ¿Es para tanto?

Es un orgullo, pero tenía que llegar: nosotros sólo fuimos un detonador más. No es ahí donde me siento más reflejado. El rock latino es un fenómeno muy de clase media-alta, exceptuando las bandas de heavy, trash y hard-core. Lo digo con mucho respeto porque yo también pertenezco a esa clase. Pero a veces te encuentras con gente en la zona rosa, (barrio pijo de tiendas y discotecas que suele haber en las capitales latinoamericanas) que te quiere dar lecciones de su país cuando tú llevas meses recorriéndole y ya casi lo conoces mejor que ellos. Me cuesta mucho adaptarme a todo ese rollo "Chili Pepper": todos hablando de la revolución y escuchando música gringa... Hay un falso mundo. Los mejores músicos los he encontrado en los bares.

Nos despierta algo que parecen disparos. No, es una batucada lejana: Nova Olinda está en fiestas. Primera parada allí, en el mercado. Desayuno: café, queso, plátanos y frijoles. Segunda, en Santana do Carirí: se le ha salido un manguito al motor. Tercera: Policía militar. Alto, papeles, dónde van, sigan. Cuarta: el coche se mete en un barrizal.

Manu Chao en la playa de Pirombu.

EL PELIGRO DE LAS SECTAS

La última parada es Juazeiro, la ciudad del padre Cícero, cura sospechoso a cuya memoria se ha levantado un monumento, orgullo turístico de la zona. "El verdadero peligro del futuro no son Aznar ni Le Pen, sino las sectas. Todo está listo para el nuevo movimiento populista. Vendrá de Suramérica", sentenciaba Manu la otra noche.

"Hoy no hay muchas razones para ser optimistas. Por eso hay que serlo más que nunca". Seguimos, quedan 400 kilómetros hasta Fortaleza. Allí es, esta noche, la cita con los repentistas.

Los repentistas son los poetas-músicos de la improvisación. Cantan y tocan de a dos, una estrofa cada uno, desarrollando un discurso coherente bajo riguroso turno. Cada doble interpretación se vive como un combate. Esta especie de rap rural ha resultado vital en la inspiración de la Feria de las Mentiras. "La última vez que estuve en Brasil vine a ver una escuela de circo y descubrí el repente. Es muy parecido a la regueifa gallega, sólo que allí se utiliza la gaita. Quiero montar un duelo entre repentistas y regueiferos. ¡El encuentro del orujo y la cashaca!".

¿Desde cuándo te interesa la música brasileña?

La primera vez que vine a Latinoamérica estaba loco por conocer Cuba, Santo Domingo, Venezuela... Pero no Brasil. Me parecía que a su música le faltaba nervio porque la única que había escuchado es la que nos venden en Francia o España. Y yo era un tío que hacía rock al cual no le convenía demasiado escuchar ciertas cosas. Después descubrí que toda esa música es tan sólo una gota de agua, aunque muy respetable. Esto es todo un continente.

Manu fuma un pitillo en una casa de Crato.

HABLAR PORTUGUÉS

"Empecé a aprender portugués y descubrí a Chico Buarque", continúa Chao. "Más tarde vine a Bahía a ver a Carlinhos Brown y a su grupo, Timbalada. Después colaboré con Skank. Y grabé un disco con Valeria, una cantante buenísima que conocí en las favelas".

La noche transcurre entre encuarnizados combates repentistas, potentes carajinhos -café con cachaça: una coproducción hispanobrasileña- y un largo encuentro que sella un acuerdo entre el líder repentista y el artista galo. Misión cumplida.

PIRAMBU: LA ÚLTIMA OLA

Si en la metrópolis brasileña la vida transcurre entre cristales blindados y alambre de espino, en el gueto de Pirambu -uno de los centros de gravedad del lado oscuro de Fortaleza- todas las puertas están abiertas. La música: el rey del vatio es el rey de la calle. El fútbol: ronaldinhos en potencia cuentan (a balonazos) los días que faltan para el mundial. El drama "¿Tenéis padre y madre?", pregunta Leidiane, de 16 años, con un hijo de dos, un tatuaje en el vientre y cierta experiencia en la prostitución. "¿Queréis fumar?". Otro niño enseña con orgullo sendas rajas en pecho y espalda y un tiro en la ingle. Los otros niños se carcajean: "El mató a otro a pedradas".

En la recta final del viaje, algunas consideraciones generales sobre el hecho de ir de un sitio a otro, obsesivo en la vida de Manu. "Envidio a la gente que está tan enamorada de su sitio que le parece una chorrada total moverse a cualquier lado. Yo aún no he conseguido alcanzar ese estado, aunque estoy esperando el momento". Lo diceen una de las canciones del disco, Desaparecido: ¿Cuándo llegaré?. "Hay algo más importante que viajar: encontrar tu lugar".

EN LA PLAYA PROHIBIDA

Al atardecer, paseo por la playa prohibida: la arena es un enorme basurero al pie del cual aparecen las primeras chabolas. Los niños persiguen al cantante, aunque extreman las precauciones: en este mundo perdido y violento ellos son carne de cañón. "De momento tengo la suerte de disfrutar en casi cualquier lado. Puedo entrar y salir porque tengo pasaporte europeo. He aquí una de las cabronadas de estos tiempos: naces del lado bueno o del lado malo. Los del lado malo se van a cabrear, y entonces los del buen lado se harán los finos: "¡Ay Argelia! ¡Ay Ruanda!". Dentro de nada va a dar verdadero asco vivir en Europa. Se está pudriendo por dentro: huele como cuando no se ventila una casa vieja".

A lo lejos se ven tres policías. Este es un lugar habitual para sus prácticas de tiro, según cuentan. Los niños desaparecen. Retirada. "Ahora no se trata de criticar, sino de encontrar soluciones. Veo a todo el mundo como esperando la última ola: esa frase que subtitula el disco describe como yo veo las cosas". Manu se aleja de la playa. Y se escucha: bang, bang.
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